El doctor pirao y el cadáver de su hija

imgprn

Esta historia es famosérrima, especialmente en Internet, y hasta ha salido en Cuarto Milenio, lo cual le aporta cierto caché y credibili(ja, ja)dad. Raro me parecería que hubieseis venido a Madrid sin que yo os la contara, pero la voy a dejar por escrito aquí (resumida, I promise) para futuras consultas. Si no os gusta cómo escribo, podéis buscarla en Google, que ya os digo que es conocidísima. Se trata del extraño caso del célebre doctor Pedro González de Velasco (a partir de ahora, el doctor Velasco) y el cadáver insepulto de su hija María de la Concepción (a partir de ahora, Concha Velasco Conchi).

velasco_web

El señor en cuestión.

El doctor Velasco nació en el año 1815 cerca de Segovia. En 1840 ingresó en la escuela de medicina de Madrid para iniciar su carrera como cirujano anatomista y llegó a ser toda una institución en su campo. Incluso fue amiguis de Santiago Ramón y Cajal. Ahí es ná. El caso es que el doctor Velasco era un poco introvertido, no se movía por círculos sociales demasiado grandes, vivía recluido en su casa (hoy el Museo de Antropología de Madrid, que está cerca de la estación de Atocha) y llevaba a cabo casi todo su trabajo en el Hospital de San Carlos (hoy el Museo Reina Sofía, que también está por esa zona). La choza que se hizo construir el señor, diseñada por el Marqués de Cubas, le servía también de sala de conferencias, anfiteatro y, por supuesto, de museo. El edificio era la Meca de los curiosos y estudiosos de la medicina y la antropología, y es que el doctor Velasco poseía una colección etnológica de dimensiones considerables. En resumen: era un hombre famoso y respetado y sus clases lo petaban. ¿Por qué empezó a dar yuyu y la gente dejó de ir a sus clases? Las razones tienen algo que ver con su hija Conchi, o más bien con el tratamiento que sufrieron sus restos mortales. Me explico:

conchiCon quince añitos, en 1864, Conchi tuvo la mala fortuna de contraer el tifus y de tener un padre ligeramente tocado en el colodrillo. Resulta que estaba recibiendo un tratamiento diseñado por el doctor Mariano Benavente (padre de Jacinto Benavente, que el mundo es un pañuelo) y al parecer no estaba respondiendo tan favorablemente como querría su padre, así que este se arremangó la camisa y le administró el purgante que mejor le pareció.

Y Conchi se murió.

Y a su padre le sentó regular, naturalmente. Tan regular que nunca llegó a superar la culpabilidad que le causaba su muerte.

Antes de enterrar a Conchi, el doctor Velasco embalsamó su cuerpo con una fórmula de su propia invención y totalmente en solitario, sin contar con la ayuda de nadie. Así, sin dar mal rollo ni nada. Después de enterrarla, se rodeó de tantos cuadros y fotografías con su imagen que haría enrojecer a reina Victoria de Inglaterra con sus miles de imágenes de su difunto esposo, el príncipe Alberto. También sin dar mal rollo ni nada. Asimismo, encargó un par de bustos de la muchacha e hizo construir una capilla en su memoria en su casa/museo, a la que se mudó con su sufrida esposa en 1875. Es de suponer que para un cirujano experto en anatomía que se dedicaba a diseccionar cuerpos humanos diariamente, lo de tener un cadáver en una habitación de su casa no debía de resultar especialmente inusual, así que Conchi fue exhumada del Cementerio de San Isidro y trasladada a su nueva casa: una vitrina. El doctor estaba entusiasmadísimo con la idea. Su esposa, no tanto.

Museo Nacional de Antropología (España) 01

La choza del señor del que usted me habla.

Según el testimonio del doctor Ángel Pulido, el doctor Velasco flipó pepinillos cuando abrió el ataúd y vio que su trabajo de embalsamamiento dejaba por los suelos los mayores esfuerzos de los antiguos egipcios con sus momias faraónicas. Hasta las articulaciones conservaban cierto grado de elasticidad, vaya. Como el doctor Velasco no estaba demasiado conforme con volver a inhumarla y no poder verla cada día, se le ocurrió la esplendorosa idea de exhibirla en su casa. Por supuesto, sin dar mal rollo ni nada. Así pues, el doctor puso a su niña a secar como un jamón frente a una ventana y, cuando el proceso de momificación hubo finalizado, le puso el vestido de novia que habría llevado en su boda con el doctor Teodoro Núñez Sedeño. Le puso joyas y todo también. Sí.

dr-velasco

Representación gráfica de «no dar mal rollo ni nada».

Me place informar que no todos los habitantes de aquella casa estaban idos de la perola: la esposa del doctor puso el grito en el cielo y sus amigos se llevaron las manos a la cabeza. Las historias cruentas y los rumores más escabrosos empezaron a correr por todos los estratos sociales. ¿Quién sabe si la mayoría eran verídicos o no? El caso es que se decía que la momia de la chiquilla te miraba vestida de novia desde su vitrina y que el doctor la sacaba de paseo una vez a la semana para sentarla a la mesa o llevarla en carruaje junto con su prometido (también tendría delito lo del novio, ojo). Me temo que nunca sabremos si todas estas historias son reales, pero el citado doctor Pulido confirma gran mayoría de ellas… y el Museo de Antropología las desmiente absolutamente todas. El misterio está ahí (leer con la voz de Iker Jiménez).

Finalmente, el doctor Velasco cedió ante la avalancha de críticas y exorcismos y decidió enterrar de nuevo a la infeliz muchacha bajo su casa, lo cual había sido el plan inicial. Después de la muerte del propio doctor, su esposa decidió volver a desenterrar a la niña para devolverla por fin al nicho del que, en su opinión, no tendría que haber salido en primer lugar, en el Cementerio de San Isidro. El doctor fue enterrado en su casa y, varias décadas después, se le trasladó a la tumba donde descansaban la pobre Conchi y su santa madre.

Nichos del Doctor Velasco, su esposa e hija Conchita. Sacramental San Isidro (Foto propia)_thumb[1]

Bien está lo que en una tumba como Dios manda acaba.

La rumorología habría terminado ahí en circunstancias normales, pero ¡no! Resulta que dentro del mar de cadáveres secos como salchichones que hay en la facultad de Medicina de la Complutense se encontró una momia femenina de metro y medio con una etiqueta que decía que era la misma Conchi. Nadie sabía cómo había llegado allí, puesto que su cadáver no se había movido del Cementerio de San Isidro desde que la esposa del doctor la sacó del Museo. Por fortuna, en 2009 se confirmó que la momia no era la de Conchi, sino la de la hija de un respetable médico, que había muerto en 1867 con solo doce añitos. Ya habría sido demasiado para mi body todo esto.

conchi2

Mi foto de perfil en Tinder.

Y hasta aquí la chunguez de hoy. Seguramente ya conocíais la historia, pero, si no, podéis encontrar más información por las redes o en el libro Madrid oculto, de Marco y Peter Besas, que ellos la explican con más detalle y seriedad que una servidora.

¡Hasta la próxima!

Anuncios

Un comentario en “El doctor pirao y el cadáver de su hija

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s