Yo he venido aquí a quejarme.

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Hace tiempo, prometí que iba a escribir nuevas entradas sobre cosas chungas, pero la vida se ha puesto entre medias. Así que hoy vengo a quejarme. Porque me apetece, porque tengo ganas y porque me hace falta.

Llevo una temporada horrorosa de ánimo. Fatal. No recuerdo haber estado tan mal en los últimos diez años y necesito soltar un par de reflexiones por algún lado, solo para desahogarme un poco.  Y lo necesito porque normalmente no puedo. No me dejan. Hoy en día, quejarse es sinónimo de buscar atención, de ser dependiente y/o vago porque no tienes lo que hay que tener para coger las riendas de tu vida y ser feliz, porque la felicidad está en uno mismo y solo depende de ti.

WELL, LET ME TELL YOU ABOUT THAT.

Mr. Wonderful arruina vidas. El falso positivismo ha llegado a tal nivel que está mal visto quejarse, porque eso significa que, mientras sueltas improperios varios hasta hartarte, no estás haciendo nada por cambiar las cosas que no funcionan en tu vida. Claramente, el éxito está ahí para los que lo persiguen y lloriquear es de todo menos útil, ¿no? No hay nada que no solucione el esfuerzo y el trabajo duro. Pues siento explotaros la burbuja de arco iris y piruletas, porque no es verdad. O no del todo.

Es innegable que uno no conseguirá sus objetivos si espera cómodamente sentado en el sillón de su casa a que la suerte llame a su puerta, pero lo cierto es que hay muy poca gente que se comporte así (imbéciles hay en todos lados, vaya). Lo que yo vengo a reivindicar es que, si te partes los cuernos luchando por mejorar y solucionar tus problemas, tienes todo el santo derecho a quejarte si te da la real gana. Y ya está. Quejarse es sano. Libera endorfinas o no sé qué. Yo soy de letras. Pero es sano. Y no me haréis cambiar de opinión.

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Mi epitafio.

Estoy tan cansaaaaada de escuchar la misma cantinela positivista una y otra vez que ya no sé dónde meterme. Que si después de la tormenta siempre sale el sol, que si sonríe porque eres preciosa, que si la felicidad está en uno mismo, que si la gente está deprimida porque quiere… wait, WHAT? ¿Que la gente está deprimida porque quiere? ¿Porque no es CAPAZ de ser feliz? Pues sí, parece ser que esa es la nueva moda. La nueva moda porculera que me amarga la existencia. No sé por qué un pringao con una carpeta de Mr. Wonderful y un bullet journal lleno de washi tape de cactus sonrientes me tiene que decir a mí que llevo casi media vida deprimida y con una ansiedad de caballo percherón porque me da la gana. Porque me gusta. Porque no soy capaz de ser feliz. Y no sé por qué no puedo mandarle felizmente a hacer puñetas sin que me manden a mí a hacer terapia, porque es obvio que estoy amargada y/o necesito un buen polvo.

La gente con suerte tiende a atribuirle su éxito exclusivamente al esfuerzo y al trabajo duro. Como ya he dicho, estos son requisitos impepinables para llegar a algo en la vida, pero la cruda realidad es que, aparte de eso, necesitas una oportunidad. Necesitas que los planetas se alineen y los astros te sean favorables al menos una vez. Y es fácil mirar a los demás por encima del hombro cuando las cosas te van bien y vas a tiro hecho. Es fácil decir «me caigo, pero me vuelvo a levantar», pero nunca jamás serás consciente de los problemas que puedan tener otras personas para conseguir sus metas. No todo el mundo tiene las mismas habilidades, ni las mismas facilidades ni las mismas oportunidades. El éxito o el fracaso no solo dependen de las ganas que tenga uno de prosperar, por desgracia. Seguro que en África hay una niña desnutrida a puntito de morir de SIDA que, de mayor, podría desarrollar una vacuna contra el cáncer, pero seguro que es que la pobrecita no se esfuerza lo suficiente para no morirse ni, no sé, ser blanca y haber nacido en el seno de una familia acomodada en Luxemburgo. Y sí, soy consciente de que este es un caso extremo, pero se puede extrapolar tranquilamente al del españolito medio con una cuenta en Twitter.

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Yo en forma de gato con dos colas.

Otra cosa que me encanta de la gente con suerte es que adoran decir «nadie te va a regalar nunca nada». Ok, pero sí. El ser humano es social, para mi desgracia, y no podemos prosperar solos. Un artista necesita un mecenas y un público. Un científico necesita un equipo y financiación. Un currito necesita que alguien le contrate. No podemos triunfar solos. No os atreváis a decir que «esto lo he conseguido yo solo» porque me río en vuestra cara. ¿Qué pasa cuando no tienes a nadie que te ayude? Mucha gente con suerte no lo sabe porque nunca ha estado sola.

Mi historia con la terapia psicológica/psiquiátrica es larga y tortuosa y no viene al caso, pero lo que sí tengo claro es que estos diez años de lucha individual y encarnizada han hecho de mí una persona experimentada, que no sabia ni tampoco feliz. Estos años de silencio me han ayudado a observar, y lo que veo es que la gran mayoría de las personas de este santo planeta opina que sus problemas son los únicos y los más importantes, así que se cree con derecho a juzgar los de los demás según sus propios estándares. Lo que seguramente no se hayan parado a pensar nunca es que cada uno de los seres humanos de este mundo tiene al menos una carga sobre los hombros. Puede que sea más grande o más sea pequeña, pero está ahí. Y no todos podemos sobrellevar la nuestra con salero. Puede que la carga de un individuo determinado consista en una aguja de coser clavada en el pecho (¡qué suerte!). Puede la carga de otro sea un bisturí en el bazo. Una aguja de hacer calceta. Una daga. Un estoque. Una katana japonesa. Varias katanas japonesas. Cinco espadas vikingas. Una zweihänder de dos metros. Una puta alabarda que le atraviesa el corazón y pesa tanto que no le deja ni andar derecho. O dos. Todos tenemos experiencias desagradables, pero no todos podemos lidiar con ellas de la misma manera. A lo mejor una persona tiene dos espadas toledanas en la espalda y lo lleva con dignidad. Otra tiene un hacha de leñador y, hombre, tira para adelante como puede. Otra tiene una de las citadas alabardas, pero tiene compañeros que le ayudan a levantarla y a caminar mejor. Y otra tiene todas las agujas de coser de Pontejos y parte del extranjero por todo el cuerpo, y son tantas y tan pesadas que no puede ni mover un dedo del pie. Pero todos estos sujetos son juzgados de la misma manera, invariablemente. Qué justo, ¿no? Qué nivel, Maribel.

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Yo con 85 años.

Hay gente que se queja por vicio. Sí. Dicho de otra forma más clara: hay gente pa tó. Pero no por eso me resigno a perder mi derecho a una pataleta ocasional. Además, me pasa una cosa: a diferencia de lo que les sucede a otras almas quejumbrosas, no está en mi mano cambiar lo que me hace infeliz. Yo no puedo solucionar mis problemas por mí misma. Llevo toda la vida tratando por todos los medios de hallar una solución que me ponga el cerebro en su sitio y me permita vivir como una paisana más y dejarme de chorradas. Pero no puedo. No puedo. Más de un profesional de la salud mental (y más de dos y más de tres) me ha diagnosticado con un caso grave de mala suerte (#truestory #mepasa #atope #specialsnowflake #porrasconchocolate #paambtomàquet). Así que no solo tengo que aguantarme a mí misma y a mis circunstancias, sino que tengo que soportar que me digan por un lado que lo mío no tiene solución porque Dios no lo quiere, y que por otro me echen en cara que no me esfuerzo lo bastante para ser feliz. Se van todos ustedes a la mierda. Sin amor y con resquemor.

Llevo veintitrés años y medio en este cuerpo y me da vértigo. Soy una niña. Soy una vieja pelleja y amargada atrapada en el cuerpo de una adulta neófita compuesta por un 3% de agua y un 97% de sarcasmo. Y no tolero que nadie me diga cómo tengo que vivir mi vida ni qué puedo decir y qué no. Y así están las cosas. Y así os las he contado.

Yo hoy he venido a quejarme.

Y eso es lo que hecho.

Porque puedo.

merche

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3 comentarios en “Yo he venido aquí a quejarme.

  1. Me ha gustado mucho tu post.
    Vivimos en un tiempo muy extraño: las redes sociales dan voz a todo el mundo, y todos creen conocer las circunstancias de todos. Ni todo el mundo ve las cosas de la misma forma, ni nos han pasado las mismas cosas, ni las procesamos de la misma manera ni nuestra serotonina actúa igual.
    Me gusta que hables de la depresión y la ansiedad abiertamente, porque no hay razón para no hacerlo. Y de la terapia. De la misma manera que hay quien se tiene que medicar porque es diabético, hay quien se tiene que medicar por una enfermedad del sistema nervioso, por ejemplo. Pero a un diabético nadie le dice: “venga va, deja la insulina y haz algo por ti, muévete”. Evidentemente que hay que poner de tu parte, en todo, pero de eso a creer que te lo haces pasar tú solo hay una diferencia.
    Después, en cuanto al éxito y a triunfar, hay esta especie de “emprendedores everywhere”, del mensaje de “si tienes una idea ve a por ello porque tarde o temprano recogerás el fruto de tu esfuerzo”; como bien dices, evidentemente tienes que esforzarte si quieres algo, pero el éxito no está garantizado. Y el positivismo y el optimismo, en su justa medida, son necesarios para tirar adelante. Pero hay un tipo de positivismo, tipo Mr. Wonderful, que busca vender. Y punto. Nada más y nada menos. Y me parece lícito, pero no que alguien se adueñe de estas máximas buenrollistas para hacer creer a otros que son unos amargados.
    Espero que, algo, te hayas desahogado.

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  2. Amen a todo, menos a lo del bullet journal y la washi tape QUE TIENES EN CONTRA DE LOS CACTUS FELICES.
    No hablando en serio (LO DE ARRIBA TAMBIEN VA EN SERIO pero menos) la gente que tiene la meritocracia endiosada.. que coño, la gente que cree que la meritocracia existe y blablabla me da muchisima pus. Tu tienes 23 yo 25, y me da que vamos parecidas en esta mierda. En fin, burn your local mr wonderfull store y a todos los que comulgan con esas mierdas.
    Un saludico.

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  3. Pingback: He ido a un concierto (y no he muerto) | Vinquette

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